Vivir en Transito

Vivir en tránsito" se puede interpretar de varias maneras, dependiendo del contexto. En general, se refiere a una experiencia de vida en la que una persona o comunidad se encuentra en un estado de cambio constante, ya sea físico, social o cultural. Puede referirse a la movilidad geográfica, a la adaptación a nuevas culturas, o a procesos de transformación personal y social.

  • Por @vivirentransito

    Hoy, más que nunca, ser inmigrante en Estados Unidos es vivir en un estado extraño:
    una mezcla de esperanza y cansancio, de oportunidades y obstáculos, de sueños encendidos y realidad pesada.

    En ciudades como Charlotte, Atlanta, Dallas, Chicago y tantas otras, miles de nosotros estamos pasando por lo mismo:
    trabajos inestables, rentas imposibles, miedo a perderlo todo, trámites que no avanzan y una vida que parece en pausa.

    Las cosas han cambiado.
    Los precios subieron, los empleos bajaron, la seguridad se volvió incierta…
    y muchos seguimos sosteniendo familias aquí y allá, como si tuviéramos dos vidas en un solo cuerpo.

    Pero esta es la verdad que nadie quiere decir en voz alta:

    Ser inmigrante hoy es levantarte cada día con dudas, pero aun así levantarte.
    Es salir a trabajar aun cuando el trabajo no alcanza.
    Es seguir luchando aunque el país entero parezca ponerse más difícil.

    Y aun así, seguimos aquí.
    Porque un inmigrante no se rinde: se reinventa.
    Porque aunque duela, aunque canse, aunque asuste,
    sabemos que este camino no solo lo hacemos por nosotros, sino por quienes dependen de nosotros.

    La situación está dura, sí.
    Las oportunidades, más limitadas.
    La ansiedad, más presente.
    La vida, más pesada.

    Pero también es verdad que ninguna etapa difícil ha sido suficiente para detenernos.
    Somos hijos de la resistencia, de la necesidad, del coraje.
    Y aunque el país cambie, aunque las leyes cambien, aunque la economía cambie…
    nosotros seguimos encontrando una forma.

    Hoy no te escribo para motivarte con frases bonitas.
    Te escribo para decirte que no estás solo,
    que lo que sientes es real,
    y que lo que vives lo estamos viviendo muchos.

    Respira.
    Ve paso a paso.
    Organiza.
    Pide ayuda cuando haga falta.
    Avanza aunque sea despacio.

    Porque incluso en esta situación incierta, seguimos siendo lo que siempre hemos sido:
    gente que no se quiebra.
    Gente que sigue.
    Gente que lucha.

  • Migrar nunca ha sido fácil. Pero en la realidad actual, donde las fronteras parecen cada vez más vigiladas y los discursos nacionalistas más fuertes, la vida del inmigrante adquiere nuevas complejidades. Hoy, ser inmigrante significa estar en constante movimiento, no solo físico, sino también emocional y mental.

    1. La lucha por la estabilidad

    Quien migra busca estabilidad: un trabajo digno, un techo seguro, un espacio donde su familia pueda crecer sin miedo. Sin embargo, la mayoría enfrenta contratos temporales, salarios más bajos y largas jornadas laborales que rara vez reflejan su verdadera capacidad o preparación. Muchos profesionales, formados en sus países de origen, se ven obligados a empezar de cero en empleos que no reconocen sus títulos ni su experiencia.

    1. Identidad en transformación

    Ser inmigrante es aprender a negociar entre lo que se deja y lo que se encuentra. La identidad se convierte en un puente: se conservan las costumbres, la lengua y la memoria del país natal, pero también se absorben nuevas formas de pensar, hablar y relacionarse. Esa mezcla no siempre es sencilla: a veces genera orgullo, y otras, una sensación de desarraigo, como si ya no se perteneciera del todo a ningún lugar.

    1. Las barreras invisibles

    El inmigrante actual no solo se enfrenta a trámites burocráticos y leyes migratorias, sino también a las barreras invisibles: la mirada desconfiada, la discriminación en el acento, los comentarios sutiles que recuerdan constantemente que “no eres de aquí”. Estas pequeñas heridas, repetidas a diario, van moldeando la autoestima y, en muchos casos, obligan a un esfuerzo extra para demostrar valor.

    1. Comunidad y resiliencia

    A pesar de todo, los inmigrantes se sostienen entre sí. En mercados, iglesias, plazas o grupos de apoyo en línea, encuentran la manera de crear comunidad. Un plato típico compartido, una recomendación de empleo, una conversación en la lengua materna se convierten en bálsamos contra la soledad. Allí surge la fuerza para resistir y seguir adelante, construyendo redes de solidaridad que trascienden fronteras.

    1. La esperanza como motor

    Lo que verdaderamente define al inmigrante hoy no es la precariedad ni las dificultades, sino la esperanza. La esperanza de un futuro mejor para los hijos, de enviar dinero a la familia que quedó atrás, de que algún día su esfuerzo sea reconocido. Esa esperanza, aunque invisible, sostiene cada paso, cada turno de trabajo, cada madrugada en que se despierta para empezar otra jornada en tierra ajena.

    Conclusión

    El inmigrante en cualquier país vive entre la nostalgia y el futuro, entre la discriminación y la solidaridad, entre la pérdida y la ganancia. Es, en esencia, un constructor de puentes: puentes entre culturas, lenguas y formas de vida. Y aunque las dificultades son muchas, también lo son la fortaleza y la dignidad con las que día a día sigue escribiendo su historia.

  • Imagina por un momento un país sin el trabajo, la cultura y la fuerza de quienes llegaron de otras tierras. Sería un lugar más silencioso, menos diverso, con menos historias que contar.

    Aportes invisibles pero esenciales
    Economía: millones de manos inmigrantes han levantado edificios, servido comidas, cuidado niños y ancianos, innovado en tecnología y creado empresas.
    Cultura: la música, la gastronomía, los festivales y hasta las palabras que usamos cada día llevan la huella de quienes llegaron de fuera.
    Resiliencia: cada migrante trae consigo una historia de valentía, de empezar de cero, que inspira a toda una sociedad.

    Reflexión personal
    Como migrante, muchas veces uno siente que su aporte pasa desapercibido. Pero si este país nos quitara de la ecuación, quedaría un vacío enorme: faltarían colores, sabores, ideas, manos y corazones que día a día lo hacen posible.

  • Ser migrante es vivir en una paradoja permanente: llevar en el corazón las raíces del lugar que dejamos atrás, mientras aprendemos a respirar el aire del lugar al que llegamos. Es caminar con un pie en la nostalgia y el otro en la esperanza.

    En ocasiones sentimos que no pertenecemos del todo aquí, ni allá. Somos extranjeros en ambas orillas, pero también somos un poco de cada una. El acento, las costumbres, la comida, los recuerdos… se mezclan con las nuevas palabras, los nuevos hábitos y las nuevas formas de vivir.

    Y es en ese punto intermedio donde descubrimos que ser migrante no es perder identidad, sino ampliarla. Es reconocerse como un puente entre culturas, como alguien capaz de habitar dos mundos y, aun así, no dejar de ser uno mismo.

    Quizás nunca volvamos a encajar completamente en un solo lugar, pero tal vez ese sea el regalo de la migración: convertirnos en ciudadanos de todas partes, sin dejar de ser de ninguna y de los dos a la vez.

  • A veces el inmigrante no solo carga con maletas, sino también con el peso de la sospecha.
    Lo persiguen las miradas que lo señalan.
    Lo persiguen los acentos que se burlan del suyo.
    Lo persiguen las leyes que cambian sin previo aviso.
    Lo persiguen los rumores, los estigmas, la desconfianza.

    Camina por calles nuevas, pero con el alma en alerta.
    Habla con cuidado, por miedo a equivocarse.
    Trabaja el doble, para demostrar que merece estar.
    Y aun así, a veces no es suficiente.

    Ser inmigrante es, muchas veces, vivir sintiendo que hay que justificarse todo el tiempo.
    Que hay que demostrar valor, pertenencia, humanidad…
    Como si no bastara con ser.

    Pero en medio de esa persecución, el inmigrante resiste.
    Porque sabe que su historia tiene dignidad.
    Porque su presencia no es una amenaza, es una suma.
    Y porque cada paso que da, aunque vigilado, es también un acto de coraje.

  • Vivir lejos de casa ya es bastante desafiante. Pero cuando a eso se le suma el peso del racismo y la xenofobia, el camino se vuelve aún más cuesta arriba. No se trata solo de palabras hirientes o miradas que juzgan, sino de barreras invisibles que afectan todos los aspectos de la vida: desde conseguir un empleo justo, hasta sentirse seguro caminando por la calle.

    El racismo y la xenofobia aíslan. Hacen que muchas personas migrantes duden de su valor, cuestionen su acento, su color de piel, su cultura. Minan la autoestima y generan una sensación constante de no pertenecer. A veces, incluso se interiorizan, y uno termina creyendo que debe cambiar para encajar.

    Las consecuencias no son solo emocionales. Se reflejan en el acceso limitado a oportunidades, en la discriminación laboral, en la violencia institucional, en la salud mental deteriorada. Pero también, y esto es importante decirlo, generan resistencia. Porque quienes enfrentan estas injusticias todos los días aprenden a alzar la voz, a apoyarse mutuamente, a construir comunidad en medio de la hostilidad.

    Hablar del racismo y la xenofobia no es victimizarse. Es reconocer realidades que siguen vigentes y que merecen ser transformadas. Porque el silencio nunca ha sido una solución. Y porque cada vez que se visibiliza una historia, se abre un espacio para el cambio.

  • Por Elvis Berdugo – Vivir en Tránsito

    Llegar a Estados Unidos no es solo cruzar una frontera: es cruzar un mundo entero. Al principio todo es nuevo: las calles, el idioma, los acentos, las costumbres… incluso la manera en que la gente te mira. Uno se siente como si caminara entre sombras, tratando de encajar en un lugar que todavía no entiende del todo.

    La soledad aparece temprano, muchas veces incluso antes de desempacar. Se hace presente en la primera noche, cuando no hay nadie al otro lado de la pared que te conozca. Nadie que te diga “todo va a estar bien”. Y aunque la ciudad esté llena de gente, se siente como si uno habitara una isla.

    La nostalgia pega fuerte. Extrañas cosas que antes dabas por sentadas: el olor del café en la casa, el ruido del vecino, la charla en la tienda de la esquina. Aquí todo es funcional, rápido, distante. Las personas sonríen, sí, pero no te conocen. No saben quién eras antes de llegar.

    Y encima de la soledad, la presión. La necesidad de adaptarse, de sobrevivir, de enviar dinero, de no fallar. Te vuelves fuerte, porque no tienes opción. Te conviertes en tu propio soporte, tu propio traductor, tu propia red de apoyo.

    Pero también aprendes. Aprendes a celebrar tus pequeños triunfos: entender una conversación en inglés, usar el transporte público sin perderte, recibir tu primer cheque. Cada paso es una victoria silenciosa. Cada lágrima guardada es parte del camino.

    La soledad del inmigrante recién llegado no siempre se cuenta, porque se vive en silencio. Pero está allí. Y es importante hablarla. Porque reconocerla es el primer paso para transformarla. Y con el tiempo, poco a poco, uno va construyendo un nuevo hogar. No igual, pero posible.

  • Cuando emigras, nadie te prepara para lo invisible. Te hablan del idioma, del clima, de los papeles, de conseguir trabajo. Pero casi nunca te advierten de lo más profundo: del choque cultural.

    Yo pensaba que lo difícil sería conseguir empleo o adaptarme al ritmo de vida. Pero lo que me golpeó con más fuerza fue lo silencioso: sentirme fuera de lugar incluso en lo cotidiano. Como si el mundo a mi alrededor funcionara con reglas no escritas que yo no conocía.

    Un saludo que no llegó

    En Colombia, uno saluda con beso, con abrazo, con sonrisa amplia. Aquí, en mi primer trabajo, extendí la mano con entusiasmo y me topé con una mirada incómoda. Sentí que había hecho algo mal, pero nadie me lo dijo. Solo después supe que, en muchos contextos laborales en EE. UU., el saludo es más frío, más profesional. No es descortesía, es simplemente diferente.

    Comida que no sabe a hogar

    Intenté comer en el almuerzo una arepa que llevé de casa. Me miraron raro. A veces me preguntaban “¿Qué es eso?” con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Extrañé mi sazón, mi acento, hasta mis silencios. Todo era nuevo. Todo era diferente. Y, muchas veces, yo mismo me sentía diferente.

    Las etapas del choque

    Dicen que el choque cultural tiene varias fases:
    1. La luna de miel: Todo es emocionante, brillante, como estar de viaje.
    2. La crisis: Empiezas a sentir frustración, cansancio, incomodidad.
    3. El ajuste: Aprendes a convivir con lo nuevo sin perder lo tuyo.
    4. La adaptación: Ya puedes moverte entre las dos culturas sin sentirte perdido.

    Yo, sinceramente, aún transito entre la etapa dos y tres. Hay días buenos y otros donde me pregunto si algún día me sentiré realmente “parte”.

    Encontrarme en lo desconocido

    Pero también he aprendido. He conocido gente que, aunque no hable mi idioma, me ha tendido la mano. He adaptado mis costumbres sin perder mis raíces. Y he entendido que adaptarse no es renunciar, sino construir una nueva versión de uno mismo, más amplia, más fuerte.

    A ti, que estás en tránsito como yo

    Si estás pasando por un choque cultural, no estás solo. Es normal sentirte extraño, frustrado o incluso invisible. Pero ese desajuste también te transforma. Te obliga a mirar con otros ojos, a valorar lo que eras y a reinventarte.

    Este blog, Vivir en Tránsito, nace justo de ahí: del intento diario de encontrar sentido en medio de culturas que chocan… y también se abrazan.

  • El Taladro y la Mentira Piadosa

    Cuando uno deja su país con una maleta llena de sueños (y de ropa para todas las estaciones porque uno no sabe con qué se va a encontrar), no se imagina que, a veces, el primer paso en esta nueva vida puede ser tan absurdo como gracioso. Así fue mi primer trabajo en Estados Unidos: mi debut como “experto en herramientas”… sin haber tocado un taladro en mi vida.

    De Hotelero a “Handyman”

    En Colombia, estudié Administración Hotelera. Sabía de servicio al cliente, coordinación de eventos, y hasta cómo doblar servilletas con estilo. Pero en mi nueva realidad, los diplomas no se traducían en oportunidades inmediatas. Así que, cuando alguien me preguntó si sabía usar herramientas para un trabajo de mantenimiento, mi respuesta fue un firme “¡Claro que sí!”, mientras en mi mente sonaba un “¿Y eso con qué se come?”.

    Llegué el primer día, me entregaron un taladro, y lo miré como si me hubieran dado un arma alienígena. Recuerdo que mis manos sudaban más que mi frente en plena temporada alta de Santa Marta. Respiré hondo y pensé: “Bueno, esto es América, aquí uno aprende haciendo”.

    Aprender en Tiempo Real

    YouTube fue mi mejor amigo esas primeras semanas. Me volví experto en ver tutoriales en el baño, en el carro, o mientras fingía “verificar materiales”. Aprendí que cada tornillo tiene su historia, y que poner una repisa recta puede ser más difícil que resolver una ecuación matemática sin calculadora.

    Pero también aprendí otras cosas: el valor de la humildad, la importancia de atreverse, y el poder de las ganas. Porque aunque mis manos estaban torpes al principio, mi actitud siempre fue firme.

    Ser Migrante es Reinventarse

    Ese primer trabajo no era lo que soñé cuando hice mis planes antes de migrar. Pero me dio algo que no tiene precio: confianza. Entendí que ser migrante no solo es cambiar de país, es cambiar de piel, de idioma, de ritmo… y aun así, no perder la esencia.

    Hoy, años después, puedo reírme de esa primera vez que casi perforo una pared equivocada. Porque cada error fue parte del camino. Y si tú, que estás leyendo esto, estás por comenzar tu primer trabajo aquí, te dejo este mensaje: no tengas miedo a comenzar desde cero. Lo importante es comenzar.

  • Ser migrante no es solo cruzar una frontera. Es dejar atrás una vida entera para comenzar de nuevo, con la esperanza —y a veces con el miedo— de que del otro lado haya algo mejor.

    Yo vengo de Colombia, un país lleno de color, sabor, ruido, calidez y familia. Llegar a Estados Unidos fue como aterrizar en otro planeta: nuevas reglas, otro idioma, otro ritmo… incluso el silencio suena distinto.

    Migrar es vivir en tránsito, no solo físicamente, sino también emocionalmente. Porque uno no llega y ya. Uno se adapta, se reinventa, se reconstruye. Extraña lo que fue y se esfuerza por encajar en lo que es. Algunos días se gana, otros días se extraña. Pero siempre se avanza.

    Es tomar decisiones difíciles, a veces incomprendidas. Es trabajar más fuerte, hablar más bajo, pensar más rápido. Es aprender a vivir entre dos mundos, sin dejar de ser uno mismo.

    Este blog nace para compartir eso: lo bueno, lo difícil, lo bonito y lo retador de vivir lejos de casa. Porque aunque estemos en tránsito, también estamos en camino.

    Bienvenidos a mi historia. Bienvenidos a Vivir en Tránsito.